Fidela Bernat
Todavía a finales del siglo XIX el vascuence roncalés era de uso habitual en las casas, en la tienda o en las tertulias vecinales. Los hombres dominaban también el castellano, necesario para ellos en las rutas trashumantes y en los puertos almadieros. Las mujeres, que únicamente salían del Valle para ir a Mauleón a trabajar en la fabricación de alpargatas, nunca dejaban de hablar el vascuence, pues en la otra vertiente se utilizaba el souletino, de gran parecido al dialecto roncalés.
Ese mismo siglo, finalizada la Guerra Carlista, llegan al Roncal maestros no euskaldunes que prohiben y castigan en las escuelas el uso del vascuence.
Seguidamente vendría la construcción de la carretera hasta Isaba, siendo éste un nuevo foco de castellanización. Por ella llegaron los forasteros, procedentes mayormente de Andalucía y de Valencia, que venían a trabajar a la selva de Isaba; también los vendedores ambulantes; y los obreros que vinieron a construir la carretera hasta el llano de Belagua, y...
De la conjunción de todos estos factores surgió el sentimiento y la sensación de que el uso del vascuence era algo poco práctico, sabiéndose además que en la capital estaba mal visto; era sinónimo de incultura.
Es así como en el último cuarto del siglo XIX el uskara roncalés iniciaba una lenta agonía, quedando relegado a principios del siglo XX al interior de los hogares roncaleses y, ocasionalmente, a las tertulias vecinales. En Burgui, primera localidad en donde desaparece esta lengua, se sabe que en 1866 “el vascuence es hablado por una minoría en la que no cuentan los jóvenes”, tal y como lo expresa González Ollé en su obra “Vascuence y romance”. A principios del siglo XX parece ser que los burguiarres que hablaban algo de vascuence se podían contar con los dedos de la mano. Durante el primer tercio de ese siglo eran las personas de 40 ó 50 años para arriba las únicas que lo utilizaban.
Aquella generación de niños que en la escuela sufrieron castigo por usar su lengua materna fue, curiosamente, la última generación en hablarla y en recibir su transmisión. A partir de entonces, el uskara duraría lo que aquéllos que fueron niños a finales del siglo XIX.
En 1967 fallecía en Isaba don Ubaldo Hualde, última persona que escribía y hablaba el vascuence roncalés. En 1992, con la muerte de doña Fidela Bernat, en Uztárroz, última persona que lo habló, desaparecía para siempre el elemento más identificativo del Valle de Roncal: el uskara.
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